20 oct. 2009

23 nov. 2008

Trailer... ensayos de Alguien Próximo

videopor Iván Haidar
Fotografías de Pablo Mendez

La comunidad de los que no tienen comunidad

“Aquél para quien escribo es aquél a quien no se puede conocer”. El lector fue para George Bataille el desconocido y el amigo de siempre. Las relaciones íntimas con lo desconocido en la experiencia de la escritura del libro que no se dirige a nadie en particular instauran para Bataille “la comunidad negativa: la comunidad de los que no tienen comunidad”. Alguien próximo es la primera obra de danza que el bailarín y coreógrafo Lucas Condró dirige en Buenos Aires. El mundo al que apunta Condró es el de la alteridad -relación con el Otro irreductible. La intensidad con que se produce el acontecer de ese mundo incontrolable cuenta con sus momentos articulados desde la dirección asistida por la coreógrafa y bailarina Lucia Russo; y con una interpretación de los bailarines cuyo control por momentos reduce lo que puede venir, es decir, los espacios de libertad desconocidos.

Condró rompe con un prejuicio. Su procedimiento es la proxémica (la distancia y relación de los cuerpos) que conforma una comunidad de movimiento hacia el otro. Que en la escena de la danza contemporánea porteña actual se ponga a intérpretes a mover entre sí y remitir a lo comunitario como mínimo es incómodo. La hegemonía de la escena actual está dominada por el Yo fuerte del bailarín que se exhibe e interpela directamente al Yo del espectador de carne y hueso. Se arroga un saber sobre el espectador como si las identidades tanto de uno como de otro fueran las etiquetas de los juguetes de un pornoshop.

Condró trabaja con más o menos inmanencia la relación entre los intérpretes como sujetos de una ética pero también de una razón corporal. La comunidad aparece, sucede y se dispersa en la resonancia de la recepción. No hay figuritas, ni ideogramas para intercambiar como están obligados a hacerlo con sus espectadores-consumidores los ballets y las obras posmodernas de la danza porteña.

Es más, a Alguien Próximo se le podría reprochar alguna que otra reproducción de los automatismo de la puesta en escena porteña –la fetichización de la maquinaria de la musiquita electrónica; ciertos tics de la tan mentada y dictaminada “neutralidad” en la interpretación de los bailarines que suprime la relación del sujeto con el saber y, en consecuencia, cancela toda política de autodeterminación del Sujeto.

La desobra
Condró y su grupo de trabajo tuvieron el asesoramiento teórico del profesor de filosofía Pablo Dreizik, un exegeta de Emmanuel Levinas. En la filosofía de Levinas la “proximidad” no es un estado o fijeza sino incertidumbre y movimiento: “La proximidad es el sujeto que se acerca”. En la relación habrá que sacrificarse en “no volver lo Otro a lo Mismo” (el Otro es del orden de lo irreductible). “La fraternidad de la proximidad” entabla una intimidad que vuelve extraños uno-para-el-otro como en toda pasión que es fuera de sí -éxtasis. La representación o testimonio de esta “aceptación en la fraternidad”que sería la proximidad es una significancia que funda a la comunidad. La ética de Levinas exige la “atención infinita al prójimo”. Su indigencia lo pone por encima de todo. Asistirlo es una obligación urgente y ardiente, que “lo hace a uno dependiente, rehén de lo Otro”. El Yo no se reconocería en el otro sino que estaría siempre cuestionado y en una “responsabilidad infinita” con el otro. Hospitalidad y hostilidad es lo que se juega en toda relación con alguien próximo.

Tal vez, sea la bailarina Natalia Tencer quien acepte en carne viva la dimensión filosófica de la obra y su modo de existencia. O mejor, quien comprende que toda escena es un modo de ser determinado e infinito al mismo tiempo. Ella está ahí en una remisión infinita al prójimo –a los otros intérpretes de la obra- al punto de renunciar por la hora que dura la obra a sus atributos de bailarina y performer. Ella es el testigo por antonomasia de la escena del “desgarramiento”-el prójimo que se muere. “Si ve a su semejante morir, un vivo sólo puede subsistir fuera de sí”, escribe Bataille. El interprete-testigo, que siempre es un sacrificado porque asiste al dolor y la muerte del otro; y el contagio -el contacto y sus afecciones- serán los procedimientos primordiales de Alguien próximo.

El movimiento hay que buscarlo en la relación -en el entre de los cuerpos que se afectan infinitamente. De lo que trata Alguien próximo no es de la comunidad como organización social sino de la comunidad como fenómeno del don: “Darse sin restitución al abandono sin límite”, escribe Maurice Blanchot. La escena de la obra se inicia con una masa de cuerpos que entran al escenario; forman una cadena que ondula, se rompe, se reunifica, sostiene la caída de sus eslabones. La masa es sostén recíproco y se autosustenta. Cuando un cuerpo se separa los otros lo asisten en su desnudamiento. Espasmos de los órganos, contracción y estiramiento de la masa muscular serán las más visibles repercusiones de las afecciones.

El movimiento convulsivo tiende a absolutizarse en la obra y clausura lo abierto de la comunidad. Si la comunidad es un estar fuera de sí al abrigo y al peligro del otro, es decir, éxtasis y abismo, el cuerpo convulsivo que se reitera en la escena de Alguien Próximo no toca todo el desasimiento y la desobra de los cuerpos posibles de tal comunidad. La apertura al afuera y al prójimo, la relación del Yo y el otro, tal como la entiende Levinas es disimetría. Différance podría decir un nietzscheano como Jacques Derrida.

En ese sentido de la diferencia el ser tocado por la posibilidad de ser tocado es una de las lógicas de movimiento que desencadena Tencer mientras los otros la tienen, sostienen en los límites de la piel. Aquí la presencia inmanente de la interprete es la de una ausencia porque “el que experimente el éxtasis no está allí cuando lo experimenta” (Bataille). A los otros intérpretes les concierne esta pequeña muerte, los saca de sí como lo haría su propia muerte. En ese momento ellos están presentes en el otro, en su piel -la bailarina que muere. “No colapsar” en la ausencia que instaura todo goce parece haber sido la amorosa guía de la dirección de ese momento de la obra.

El relato desplegado por la dramaturgia que puede reponerse en una lectura de la escena es apasionante e inteligente. Cubrir de cuerpos al cuerpo; ser la plataforma del dolor del otro en las mil formas del abrazo; transportación y elevación de un cuerpo muerto, estatuario; desrostrar a una mujer con su propio pelo-fetiche para luego develar su rostro-identidad son algunos de los microrelatos que se proponen. Pero no siempre los intérpretes, o la transferencia que el director mantiene con ellos, experimentan la escena no como un itinerario de actividades que hay que cumplimentar sino como un devenir, un sentido, o un mundo.

La iluminación diseñada por Miguel Solowej entrevió la experiencia de la comunidad como una “exposición del exponerse” (Blanchot). La luz en Alguien Próximo tiene una función de sentido: exponer un orden de acontecimientos, seres y cosas. Solowej trabaja con la diferencia de intensidad de la luz blanca de unos cuarzos. Pero la luz no “pinta” ni “ilumina” nada; más bien es la materialización de una página –la escena- donde el cuerpo y sus movimientos de diferencias se inscriben para desbordarse. El cuerpo es la marca o escritura que la luz hace entrar a la mirada. Por la luz se entra a la mirada del cuerpo. Sin mirada, sin exterioridad no hay cuerpo. Pero aquí la exterioridad como mirada no es una imagen sino un sentir -incluso hay un momento donde Tencer con el calor de la luz de un reflector toca a los cuerpos próximos desperdigados por el suelo y los revive y mueve en la noche. “Lo sensible es lo exterior a sí mismo”, enseñó Hegel para explicar qué es la estética. La luz de Alguien Próximo vislumbra una estética de la ética de la comunidad fundada en la relación de lo que sabe que muere - los seres humanos.

Silvio Lang
¿Cómo es la tragedia?
por Ale Cosin
27/09/2008

Poco sentido tiene hoy preguntarse por la comunicación en el arte, dado que la comunicación en sí está siendo cuestionada desde la proliferación de grietas en su estructura básica (emisor de un mensaje a un receptor), grietas por las que se ha colado ya todo tipo de contradicciones, de proposiciones, y de ruidos más o menos interesantes. Ni hablar del arte, que ha sido dado por muerto tantas veces que ya deberíamos haber inventado otro nombre para aquello que aún persiste como necesidad o como inercia... o como lo que se salva del diseño.Y estas reflexiones un poco burdas y otro tanto nostalgiosas, se desprenden de haber sido parte desde la butaca, de la primera obra de danza en Argentina de un joven coreógrafo -hoy la juventud parece durar hasta pasados los 30- más conocido en su rol de bailarín: Lucas Condro. Aquí decidió dirigir a un grupo de amigos (Natalia Tencer, Nidia Barbieri, Alejandra Ferreyra Ortíz, Iván Haidar, Valeria Martínez), y eso no es un dato menor. A pesar de que la propuesta pretende llevarlos a un grado de violencia por demás acostumbrado en las piezas contemporáneas de danza (hijas de las escuelas de danza contemporánea belga y holandesa), en esta obra la relación entre ellos, devenida no sólo de la pauta de producción del material, sino de su cercanía afectiva, profundiza en otras sensaciones, en otras emociones menos trilladas, nos hace percibir un mundo diferente, complejo, y trágico.
Nos es imposible despegarnos de la tragedia que propone Condro con su montaje, puesto que hay algo de misterioso en su poética de debacle-después-de-la-moda, algo en lo estético más que en lo anecdótico, algo que cae dejándose caer y en la más absoluta tensión construye una verdadera paradoja (los interpretes la repiten durante todo el tiempo, crispados hasta arquearse sin cesar, caen, se recogen, se tironean, se devuelven, se miran, se atajan, se someten y se ayudan), entre todos, sin individualidad. Las individualidades están borradas, incluso en sus bailes solos, apenas se muestran en función de algo mayor, el destino de estar juntos y estar pendientes de ello. Nadie pretende el mal al otro, pero tampoco el propio bien. Uno esculpe en el pelo de otra un ojo que observa, otra la desliza lentamente sobre una gran bolsa de plástico como una reina a la deriva sobre un suave río. Alguien deja caer su cabeza, la hace desprenderse, el resto la protege pero la deja perderse. Antes había recibido la visita pegajosa de una lapa.
Y decíamos que la comunicación no puede acá jugarnos la mala pasada de espabilarnos de este adormecimiento en la pura kinestesia trágica de la obra; no podemos preguntarnos por el mensaje, puesto que los mensajes ni siquiera los saben ellos. No hay mensajeros en esta tragedia treintañera, no hay nadie que nos explique las razones. Y quizá somos nosotros, el público, el coro de este grupo de contorsionistas pos-posmodernos, nosotros los interpelados en nuestra quietud, los jueces, los verdugos.
Ale Cosin
Lunes 24.11.2008
Lucas Condró
La pasión por quebrar los límites
En Alguien próximo, el joven bailarín y coreógrafo reflexiona sobre el encuentro


Tiene 30 años, una fuerte formación en Holanda y en Francia y un interés particular por la gestión. El bailarín y coreógrafo Lucas Condró estrenó la semana última Alguien próximo , una experiencia que parte de una profunda reflexión filosófica sobre el encuentro entre seres humanos. Para el creador esa posibilidad de encuentro genera inquietud y aproxima una tensión sobre la que le gusta trabajar en esta oportunidad.
La entrevista con LA NACION parece, por momentos, un ejercicio de su interés. Encontrarse con el cronista, a quien no conoce y, a la vez, abrirse a develar aspectos de su historia como creador, tiene algo de fascinación y de rechazo.
Dos líneas busca tomar en Alguien próximo : "Tenía ganas -dice- de trabajar el encuentro con el otro, como responsabilidad; cómo poder hospedar al otro, recibirlo, alojarlo. Ahí asoma una necesidad de abrirse, de volverse vulnerable. Y, por otro lado, me interesa la idea de uno como incógnita, lo que no sabemos, aquello de lo que podemos dudar y, en eso, hay mucha potencia porque pongo en duda mis capacidades o quién soy".
Pero si en la escena la creación de Condró parece estar plagada de preguntas, su camino como artista ha sido intenso, con decisiones muy claras y con muy efectivos. Comenzó a estudiar acrobacia con Marta Lantermo. Aquellas clases tenían una primera etapa de destreza y una segunda donde bailaban. "Cuando me enteré de que eso era danza decidí meterme de lleno ahí. Hice contemporánea, contact, improvisación. En la Argentina estudié dos años y después me fui a Holanda."
Aquí conoció al maestro David Zambrano, quien lo invitó a realizar un seminario en Amsterdam. Fue por tres meses y se quedó cuatro años. Cursó en la School for New Dance Development y, luego de trabajar como bailarín, partió a Francia, donde se perfeccionó en el Centro Coreográfico de Montpellier. "Después volví -cuenta con cierta satisfacción-. Me cansé de ser extranjero, de hablar otro idioma, de comunicarme con gente de otra cultura. Quería estar acá y ver qué estaba pasando. Y estuvo buenísimo. Empecé a trabajar, a tener colegas. Me relacioné con Diana Szeinblum y participé en tres coreografías suyas: 34 metros , Sur y Alaska . Con dos colegas, Lucía Russo y Natalia Tencer, armamos Casa Dorrego, un colectivo de artistas cuyo objetivo es colaborar en obras de teatro, de danza, multimedia y, también, hacemos gestión cultural."
Allí, su interés está en traer maestros y hacer intercambios. En esto su experiencia fue determinante. Cuando audicionó en Holanda vio los trabajos de los artistas europeos (cerca de 300 solos) y comprendió que la danza tenía múltiples posibilidades de manifestarse. "Esa experiencia fue sorprendente -recuerda-. Veía aquello y pensaba, «Todo eso es danza» y esa noción más abierta, esos cruces de culturas, de estrategias a la hora de hacer, de estéticas, fueron muy determinantes en mi creación. Acá corremos el riesgo de que todo sea igual. Hay como una sola posibilidad de hacer y eso me parece bastante peligroso."
El prefiere la inseguridad que genera cruzar fronteras e intentar otra manera de crear. "Es apasionante quebrar los límites, porque ahí aparece un verdadero hecho artístico. Para crear una pieza de danza se requiere de mucha libertad, de esa forma la obra tendrá una identidad propia."



Carlos Pacheco


Estreno

18 de septiembre del 2008

Portón de Sanchez


















Dirección: Lucas Condró
Intérpretes: Nidia Martínez Barbieri, Alejandra Ferreyra Ortíz, Ivan Haidar, Valeria Martínez, Natalia Tencer
Asistencia de dirección: Lucía Russo
Composición musical: Javier Bustos
Realización de vestuario: Julieta Condró
Diseño de iluminación: Miguel Solowej
Fotografía: Jazmín Tesone
Asistencia general: Ana Giura
Producción general: CASA DORREGO
Esta obra cuenta con el subsidio a la creación 2007 del Instituto Prodanza

Jueves 22hs (hasta el 04/12)
Sánchez de Bustamente 1034
Entrada 20$/ 15$ (descuentos a estudiantes y jubilados)